Cadencias (2011)

 

el tiempo se esmera

en la cicatriz

del rumbo

como si creara esa marca

 

en el esfuerzo

tal vez

olvidamos cada madrecita

de extendida

……………………….lengua

la humedad trasformada

el arranque

 

apenas partimos

y casi creemos decir lo nuevo

pero solo decimos

nuevamente

 

 

 

y tal vez la travesía vuelva a decir

y a pesar de todo

demuestre

que puedo esperar

…………(aun otra

…………la mirada en el mundo)

casa en una casa

luz en la luz

 

la dicha de

habitar la poesía

 

 

 

tanta espuma ida

en los recuerdos

de la que creímos nuestra

corriente

………….y hoy

son distintos los susurros

que nos marcan

el cuerpo que somos

…………(tal vez el que no fuimos)

 

Valeria Cervero

Cadencias. De ritmo nunca violento, teje levedades, abriendo -como buena poesía- los caminos ocultos. Tiene en su lenguaje rupturas, que muestran la imprevisibilidad del juego, la intemperie del abrigo, la imperfección del laberinto, y la lengua que nunca es la misma, porque es corrupta pero eterna.

Reflexión sobre el paso del tiempo y del  cuerpo, que más allá de su desgaste natural, encuentra una metamorfosis que le permite variar cadencias, encontrar la música propia de su edad. Hacer la paz con su presente.

WordPress informa que este sitio fue visto 16.000 veces en 2011. Y establece una extraña y ridícula comparación: “La sala de conciertos en el Sydney Opera House tiene [capacidad para] 2.700 personas. (…) Se necesitarían alrededor de 6 funciones” agotadas.

Según el informe, la entrada “más popular” es Pacto con la poesía, una entrevista a la poeta María Julia Magistratti. La siguen Poemas de Juan Bañuelos y Curandera serás.

El autor más buscado en El Vendedor de Tierra es Javier Heraud. Las mayores visitas provienen de Perú, Argentina y México.

Recibimos del poeta limeño Renato Sandoval su libro Trípode (Magreb, 2010).

 

La luna en la quebrada

también guía

al ladrón de flores por

el cauce ronco donde

se ahogan todas las penas.

Una mandrágora bloquea

el paso de las iguanas tan sumisas

ahora que el cactus

es lo que más relumbra. Vienen

las playas de arenas movedizas

y en el sendero de cal

iluminadas

croan las ranas.

(Basho)

En septiembre de este año, Alquimia ediciones publicó en Chile el nuevo libro de Jorge Polanco Salinas, al que EVT se acercó por primera vez en marzo último. Hoy, con un ejemplar en mano, ofrecemos otro poema de Sala de espera y el texto de presentación a cargo de Antonio Rioseco Aragó. Según su mirada, ”la memoria constituye un eje central” en la palabra este vate nacido hace 34 años, en la ciudad de Valparaíso.

 

Música incidental

 

De fondo siempre se escuchaba John Lennon,

la música ambiental de la abulia

y la derrota, la inevitable mercancía;

lo escuchábamos así, sentados en el café, cerca de la plaza,

asociábamos una teoría interesante

sobre los bosques y los filósofos,

las metáforas que los unen.

Leíamos a K desbordados

frente al museo de Bellas Artes,

una ironía cruel, un eufemismo,

¿Cómo podemos leer

y que no pase nada, que nunca pase nada?

Es decir, leo en un café

fumando un cigarrillo con toda calma,

veo los transeúntes pasar

observando otro yo:

cierra el libro, paga, toma sus cosas

y se suma al río de la calle.

El río y el tiempo, otra imagen inhumana,

el río semejante al bosque.

K habla de cavar al fondo de sí mismo,

un Beckett agitado de palabras que tienen,

ahora sí, una catástrofe. Volver al río.

O volver al bosque, el filósofo da vuelta la espalda,

y se hunde en la noche del tiempo -o el río-.

Tal vez siempre pase lo mismo:

una palabra se escucha como una voz extranjera,

sonidos desesperados por dialogar y articularse,

el cristal de aliento plasma figuras irreconocibles,

labios encima de vidrios rotos,

elipsis que permiten hablar

y no sucumbir en el silencio, o la muerte.

Como al despertar,

cuando junto los párpados algunos segundos,

descanso del sueño y me apego al rito de la higiene mental.

Entonces vienen palabras que llevan consigo sombras,

voces que expanden las conversaciones, rodeándome,

(cierro meticuloso la habitación)

en su interior pareciera haber un bosque,

un río o una lengua que no comprendo.

Los sábados en la tarde miro la calle,

todo parece estéril, una tierra violentada

por capas subterráneas de pudrición.

Cuesta levantarse cuando hablan de un corazón desterrado:

cada vez que alguien ingresa arregla las cosas adentro,

limpia y ordena, y después ya nada es reconocible.

Hoy soñé con mi ex mujer

que decía amarme frente a la playa.

Una escena pasó entremedio y al abrir los ojos

tuve que practicar otra vez la higiene mental.

A veces dudo, quizás debiera haberme dedicado a la pintura

si hubiese tenido manos para ello,

o la música, que es lo mismo,

o haberme escapado del país,

pero con el tiempo me acostumbré a este ruido de llaves.

Nunca abro la puerta.

Estoy acá, sentado en el café,

esperando el río y el tiempo,

con el libro de K despoblándome.

 

(Fragmento)

 

Guijarros como huellas, de Antonio Rioseco Aragó.

La memoria, como enunciaba, constituye un eje central en la poesía de Jorge Polanco, pero –siendo un tópico ampliamente utilizado en la poesía– las posibilidades de los usos de ella se presentan aquí de una manera particular, que va desde el espacio íntimo y familiar hasta la memoria social de los macro relatos histórico que los carga, incluso, de cierto tono épico. Y esto se da en cuanto se percibe la crisis de los grandes relatos en su escritura, pero de lo que da cuenta finalmente este libro es la manera en que esa crisis atraviesa al sujeto, un sujeto situado, histórico y, aun, vivo, al que se le repasa, sin eufemismos su pasado individual y colectivo. (Leer texto completo).

 

Las fotos y la edición del video pertenecen a Alejandra Correa. ¡Gracias!

 

Más sobre AC: Los niños de Japón

JLM (Buenos Aires, 14 de diciembre de 1924 – 1 de noviembre de 2008)

 

3*

Es el último día del año que vivimos en su totalidad.

Como diría Vivaldi,

pasamos las cuatro estaciones.

Hicimos el amor,

nos lamimos como animales ebrios de sol.

No te olvides: alcanzamos, juntos (nosotros), el cielo.

Y nadie tiene interés ni en regresar ni en saber de dónde vino.

 

* Poemas del amor y la guerra. Extraído de Diario de Poesía, 25, verano de 1992.

Sobre tabaco mariposa, de Elena Anníbali

 

Cuando llamé a la librería para ver si quedaba un ejemplar de tabaco mariposa, me atendió una niña que, a pesar de mi respuesta, no dejaba de preguntar: ¿quién es?, ¿quién es?, ¿quién es? Corté y fui directo al local. Al llegar, vi a esa niña que no superaba los tres años, y que jugaba junto a sus muñecas en el piso, reclamando la atención de su mamá. Mientras envolvía el libro de Elena Anníbali en papel madera, esa madre pedía disculpas por el desorden y el comportamiento de su hija.

En los días siguientes leí tabaco mariposa, que este mes se cumplen dos años de su edición. Sin saber porqué, en cada poema aparecía la voz esa niña. También la imagen de las muñecas arrojadas en el suelo. Desde entonces, siento al libro de Anníbali como la historia de un desprendimiento; muchas vidas en una sola; la voz de la infancia en el cuerpo de un espesor infinito. Hay otra escena posible: Elena describe viejas costumbres vividas con criaturas que alguna vez fueron parte de ella.

Podríamos elogiar lo punzante de la imagen, la decisión de no favorecer adjetivos y efectos fáciles. Pero doblo la apuesta. En cada río, bosque, loba, cielo, mar, nombra la experiencia del paisaje. Arriesgo: visión y memoria de la Naturaleza. La palabra caballo dicha por Anníbali es el caballo. ¿Acaso no azuza el calor de la sangre y el temblor de la piel?

Cada señal de vida avanza con los mismos elementos que después servirán para encarnar la pérdida, secar la crecida, alimentar el hambre. No es que la materia del recuerdo sea la sed, sino que en tabaco mariposa la niebla es el único testimonio del tiempo. El cordero se transforma en zorra para comer al cordero, aunque tenga que romper sus propias vértebras y llegar al corazón.

En ese mundo (¿solo ahí?) la naturaleza manda, limita, protege, aunque asfixie. No parece haber alternativas de escape. Hay una vitalidad: en principio, todo llega a su fin. Aunque es posible que el diablo meta la cola y, para peor, el desenlace sea un estado permanente. Así de fácil.

 

Elena Anníbali nació en Oncativo, Córdoba, en 1978. En 2007, publicó Las madres remotas (Editorial Cartografías, Río Cuarto). Tabaco mariposa fue publicado por caballo negro editora, en noviembre de 2009.

Poemas de Elena Anníbali

 

tabaco mariposa

 

aprendí a fumar con rubén

enrrollando tabaco mariposa en papel

de seda

 

lo hacíamos de noche

sentados en un escalón de la casilla

mientras a nuestros pies

sus lánguidos perros soñaban

con la sangre dulce de las liebres

en el monte cercano

 

a veces todo era oscuridad, salvo

su cara

iluminada brevemente por el fuego

como un animal

por los relámpagos

 

el día que se fue del pueblo

me dejó su radio

y los jabones partidos

que yo usaba pasándomelos

despacio

por el cuerpo

 

con la última espuma disuelta en el agua

se fue, también, la memoria

y el deseo de él

una cosa fragante

y sutil

como los eucaliptos

cuando los moja la niebla

 

 

mañana de verano

 

a los siete, una mañana de verano,

mi tiré al tanque desnuda

 

un verdín viejo y neblinoso

ocultaba los peces

breves y violentos

que fueron a morderme

los pies

 

hubo algo carnal en la manera

en que los dientes

y la sangre de todos

se mezcló

con la asfixia

con el miedo a la muerte

con el espasmo tembloroso

en que brillamos

al unísono

 

 

obediencia

 

besame el corazón, pidió

 

entonces tomé el cuchillo

lo abrí desde la garganta

hasta el estómago

y rompiendo de a una sus costillas

hurgué y hurgué con los dedos

su tórax, hasta encontrarlo

 

estaba aún tibio y era rojo, grande,

hermoso como una fruta no imaginada

 

acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida

luego cerré sus ojos y le dije al oído

que siempre haría lo que él quisiera

 

Los tres poemas pertenecen tabaco mariposa (caballo negro editora, 2009).
Reseña en EVT

Florencia Walfisch y Ana Lafferranderie, en Fedro

 

Desde 2006 hasta 2010, Ana Lafferranderie y Florencia Walfisch organizaron un ciclo de poesía en la librería Fedro, en el barrio porteño de San Telmo. Una vez por mes convocaban a cuatro poetas para que leyeran sus textos y eligieran un poema de otro autor. De esa manera, fueron construyendo un espacio abierto, amplio de expresiones y de encuentros impensados. Un registro valioso de voces así lo afirma. Hoy, ambas poetas cuentan sobre esa experiencia y si piensan en un ciclo similar en el futuro.

 

¿Cómo empezó el proyecto?

Ana Lafferranderie: Nosotras nos conocimos en La Casa de la Poesía, en un taller de Irene Gruss, en abril de 2005.

Florencia Walfisch: A fin de ese año, unos amigos abrieron la librería. Y como además querían hacer actividades culturales, surgió la idea de hacer un ciclo de poesía. Y a Ana le gustó. Al año siguiente empezamos.

 

¿Qué ideas tuvieron?

 AL: Sabíamos que a los encuentros de poesía había que cuidarlos mucho. Pensamos bastante la propuesta. Decidimos que el ciclo estuviera sustentado en los textos, donde nosotras nunca jugamos un papel demasiado significativo en sí mismo. Sí en el vínculo con los poetas y en generar un espacio de encuentro que fuera cómodo, cuidado, de intercambio, grato para todos.

Debatimos posibles formatos, pero nos volcamos a lo tradicional. Aunque incluimos la idea de que cada poeta llevara un poema de otro autor para leer al final. Fue como un pequeño sello del ciclo. Eso permitía acercarse a los poetas como lectores. La producción de los autores siempre estuvo en diálogo con lo que llevaron para leer de otro. El ciclo nos dio muchas cosas y sobre todo conocer gente que pasó a ser muy querida, que yo creo es lo mejor que uno se puede llevar siempre en cualquier actividad.

FW: Queríamos distintas voces, generaciones y expresiones, que fuera lo más abierto posible. Eso se fue afirmando cada vez más. Estábamos interesadas en generar un espacio de escucha, con ese amor por lo que uno quiere mucho. A la hora de armar las mesas, teníamos el criterio de abrir la mirada.

AL: La idea era romper con los prejuicios que frenan el acercamiento a estéticas diferentes a las que a uno le gustan. El criterio para armar las mesas era convocar poetas que producen de manera rigurosa, con cierto compromiso, cuidado, más allá de lo que a cada uno más puede gustarle o conmoverle. Ese es otro tema.

FW:  Hay algo bueno, como un ejercicio inagotable, en trasladarse a la cancha del otro, al texto, al juego del otro, se va ampliando también la escucha frente a los propios textos. Uno ya sabe qué cosas lo conmueven. Cuando te sentís convocado por cosas que son nuevas porque las “descubriste”, ganaste un encuentro con aquello que te emocionó. A veces ocurre que uno se cierra mucho.

 

¿Piensan continuar con el ciclo?

AL: En esa modalidad cumplió su tiempo. No quiere decir que no tengamos ganas de organizar alguna actividad  que tenga que ver con lo poético, que podamos compartir…

FW: El ciclo estuvo atravesado por una confluencia de momentos que fue muy personal. Tenemos un enorme agradecimiento. Fue un espacio entrañable que trajo cosas entrañables.

AL: Sí, nos quedó pendiente invitar a más poetas de provincias. Igual, a algunos pudimos invitar. No es fácil llegar a todos los lugares del país. Si tuviéramos la posibilidad de llegar a autores de otros lugares sería un lindo proyecto.

FW: Nos encanta trabajar juntas. Se renueva siempre el encuentro y las ganas de construir en diálogo, de complementarnos en una experiencia preciosa de trabajo. El espacio significó muchísimo aprendizaje.  Cada mes estábamos en contacto con cuatro poetas y con sus trabajos. Eso nos enriquecía.

 

A partir de la experiencia que tienen, ¿cómo se ubican dentro de la tradición de poesía oral?

 FW: Más allá de la tradición, para mí la creencia de todo lo relacionado con una teatralidad o con esa dimensión de lo que puede ocurrir, me sigue conmoviendo. Tiene eso de lo irrepetible.

AL: Y de esa comunión, de estar con otros, que no la tenés cuando te ponés a leer vos solo, ni cuando te encontrás a leer con un amigo. La  impronta  que queríamos darle era generar un espacio cuidado de escucha compartida.

FW: En cada ocasión aparecía una dimensión que sabíamos que iba a jugar más allá de la suma individual. Eso se hacía explícito en el grado de encuentro entre los poetas o en el diálogo entre los textos que ellos mismos elegían.

 

Ustedes pasaban a ser puentes entre los poetas, el público, los textos, el espacio…

 FW: Nuestra idea era estar a la hora de construir ese espacio. Convocar a los poetas y recibirlos. Una vez que se daban esos elementos, nuestra tarea terminaba. En un punto, sentíamos que lo mejor que podía pasar era ser invisibles. Solo escuchar y participar de ese momento.

 

¿Por qué grababan los encuentros? ¿Van a producir ese material?

 AL: Lo hacíamos para tomar un registro. El primer año no grabamos. Y pasaron tantas cosas, que decíamos: “¡qué pena no registrar esto!”. Siempre tenemos la idea de que el material circule, de generar algo que sea como una devolución a los poetas que participaron. Tenemos el registro de voces como la de Daniel Muxica o Javier Adúriz, lecturas que son entrañables, que las atesoramos.

 

¿Van a otros ciclos?

 AL: Este año yo no pude ir mucho. Hay un montón de alternativas y creo que la variedad es buena. Cada organizador le da su propia impronta.

FW: Yo he ido a algunos, siempre uno va menos de lo que le gustaría pero está buenísimo que surjan nuevas opciones, cada ciclo tiene su etapa, su momento.

 

Teniendo en cuenta la costumbre de los encuentros en Fedro, en los que cada invitado leía un texto de otro poeta, ¿qué autor elegirían y qué poema?

 FW:   Ah, mis amigos, habláis de rima [escuchar audio], de Juan L. Ortiz , como un regalo que él nos hiciese a todos.

AL: Se me ocurre  Un sol, de Edgar Bayley.

 

 

Ah, mis amigos, habláis de rimas…

Ah, mis amigos, habláis de rimas

y habláis finamente de los crecimientos libres…

en la seda fantástica os dan las hadas de los leños

con sus suplicios de tísicas

sobresaltadas

de alas…

Pero habéis pensado

que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida,

desnudo casi bajo las agujas del cielo?

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo

del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde “la división”,

despedido del “espíritu”, él, que sostiene oscuramente sus juegos

con el pan que él amasa y que debe recibir a veces

en un insulto de piedra?

Habéis pensado, mis amigos,

que es una red de sangre la que os salva del vacío,

en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,

de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,

a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,

y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto…

Y sé que a veces halláis la melodía más difícil

que duerme en aquéllos que mueren de silencio,

corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento…

Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía

igual que en un capullo…

No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor…

 

Juan L. Ortiz

 

 

Un sol

No hay una naranja perfectamente redonda

No hay un día perfecto

Hay un sol para los que han peleado

contra las sombras

sin rendirse jamás

de noche

de día

a orillas del lago

bajo el sicomoro y el sauce

entre las rocas y las anémonas

Para ellos hay -habrá- un sol

porque han peleado contra las sombras

contra su propia oscuridad

su turbia lámpara

su ignorante desgano

Para ellos

habrá un sol

pero no hay

no habrá nunca un día perfecto

una naranja perfectamente redonda

 

Edgar Bayley

 

 

- Entrevistas /Ciclos: Las voces de Muñecas Rusas

La rebelión demorada
Por el camino de estos versos,
la tarde me ha dejado con un árbol,
un arroyito, un puente, un aire fresco.
Es suficiente, sí, para seguir,
pero, de pronto, cierta tristeza…
Si pudiera quedarme aquí de otra manera.
Si pidiera encontrarme aquí
con la mujer que amo. Si solo hubiera poesía,
incluyendo el canto de los pájaros
en la tarde silvestremente florida
del pasto alrededor de un árbol.
Si sólo hubiera menos desencuentro
en el mundo de un árbol, de un arroyo
en el amor del mundo amado,
en el mundo de los abrazos
que significan, que comunican amor
y son el nido de los besos
y son el adiós de la espera.
Hemos nacido para amar
y cantar a mujeres, árboles, arroyitos,
en un solo poema interminable,
una égloga interminable, versos
con una lágrima
que, desde lejos, o por arte de mano y mejilla,
nadie sabe si cae de pura pena
o si sólo resbala, dichosa y tímida.
Por otra parte, nadie deja para mañana
el instantáneo amor de cada día.
Otro tanto sucede con los poemas de amor.
¿Y qué nos queda para mañana?
Ella, la rebelión demorada
por un traspié, por un error.
En realidad, se equivocó la historia
y en el aire de algún atardecer,
en la luna del agua,
en la noche que baja de los árboles,
nos parece que ayer es hoy,
nos parece o sentimos que ayer será mañana.

x

El poeta participó, en Buenos Aires, de la última edición del Festival de Poesía en el Centro (Centro Cultural de la Cooperación).

Jacobo Rauskin (Villarrica, Paraguay, 1941) editó más de veinte libros. Además de La rebelión demorada (Arandura, 2005), entre otros títulos es autor de La noche del viaje (1988, Premio La República de 1989) y La canción andariega (1991, Premio El Lector). Fue distinguido en su país con el Premio Nacional de Literatura 2007, y la Orden del Poder Popular, en Venezuela, en 2010. Es miembro de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y miembro correspondiente de la Real Academia Española.

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